Català

La ciudad de Barcelona atraviesa un momento crítico que merece unas reflexiones. Las próximas elecciones municipales han de ser una oportunidad para recuperar un debate vivo sobre el futuro de la ciudad y apuntar unas alternativas de actuación que superen la visión a corto plazo que ahora mismo prevalece.

Los dos últimos gobiernos municipales han tendido a olvidar que Barcelona es, sobre todo, el paradigma de la ciudad autónoma. Eso es lo que ha sido históricamente. Puede parecer paradójico pero, al renunciar a su identidad de siempre, Barcelona no solamente ha dejado de ser la ciudad centrada en una lógica propia sino que ha constatado cómo se le hacía muy difícil ejercer su rol tradicional de capital de Catalunya e, incluso, de un ámbito más extenso.

Históricamente Barcelona ha sido una ciudad que ha disfrutado, jurídicamente o de hecho, de un estatus y un reconocimiento especiales. Barcelona no es simplemente una ciudad catalana mayor que las otras, visión a la que intentó reducirla el ayuntamiento de Xavier Trias, en linea con los designios de la política nacionalista.

Pero, de la misma manera, Barcelona tampoco es solo la segunda ciudad española en población.

Barcelona explica Catalunya. La Catalunya actual es, en realidad, una creación de Barcelona. Y hasta cierto punto Barcelona ha definido y define a la España moderna.

Es este estatus específico, que a la postre obtuvo un reconocimiento con la Carta de Barcelona, el que ha dado a la ciudad, incluso en los años de la Dictadura, un papel decisivo de intervención en infraestructuras como el puerto o el aeropuerto, las transformaciones del territorio del Fòrum, la red ferroviaria, el liderazgo metropolitano o la organización de los Juegos Olímpicos. Y ha sido también un factor que se ha traducido en una determinada capacidad de influencia política en España y de proyección muy destacada en el exterior.

Fundadors subscriptors:
més que lectors, actors disposats a canviar les coses.

Pero el hecho es que la ciudad ha acabado desembocando en estos últimos años en un aislamiento insólito. Una ciudad que ha tenido siempre cosas que decir al mundo y que ha procurado expresar su excedente de creatividad en proyectos potentes y con una persistente voluntad de competir, parece encontrarse cómoda en una especie de decadencia dorada.

Desde esta perspectiva, la introspección en la que está empezando a caer Barcelona es la negación de su identidad como ciudad y un gran riesgo para las posibilidades de gestionar adecuadamente las aspiraciones y los problemas de sus ciudadanos.

Al cerrarse en sí misma Barcelona ha dejado de ser Barcelona y, sobre todo, ha perdido protagonismo y capacidad de interlocución. Para decirlo de un modo algo simple, Barcelona ni colabora ni compite.

Esta tendencia de la ciudad a ensimismarse es el fruto de un cierto adanismo, esto es, del rechazo de las experiencias de gestión anteriores, una posición que en Barcelona puede ser particularmente negativa. Pero ha sido asimismo definitivo el seguidismo del llamado procés y la grave pérdida de autonomía que ello ha implicado.

Una combinación virtuosa de consenso político y competencia técnica es siempre un factor positivo en la gobernanza de una ciudad. En las circunstancias de una enorme competencia global se trata de una exigencia inexcusable.

Los éxitos de Barcelona en su historia reciente se deben en parte a esta combinación. La ciudad se ha beneficiado durante algunas décadas de un nivel de consenso político razonable y de una altísima competencia técnica.

La ciudades son, por encima de todo, un sistema de extraordinaria complejidad. Si ésta no se gestiona adecuadamente se hace casi imposible la relación entre los muchos subsistemas que la componen. Sin una sólida capacidad de interrelación es muy difícil abordar y resolver los problemas urbanos.

Es una complejidad no solamente interna. Es también la complejidad del entorno. En consecuencia, la capacidad de interrelación debe extenderse a una gran diversidad de interlocutores externos, tanto públicos como privados. Es decir, otras administraciones públicas y toda la diversidad de entidades privadas.

La limitada disponibilidad para la interlocución que parece afectar a la administración municipal explicaría, aunque sea parcialmente, la debilidad de unas actuaciones que tienden a focalizarse prioritariamente en la respuesta a situaciones de emergencia. La dificultad de gestionar la enorme complejidad de la ciudad y del propio Ayuntamiento hace casi imposible la formulación y la aplicación de políticas. Particularmente, de políticas a medio y largo plazo, es decir, políticas estratégicas

Es lo que se ha puesto de relieve, por ejemplo, con la imposibilidad de poner en marcha una política sólida de vivienda, incluso en contraste con la trayectoria del anterior equipo municipal que, en un ejercicio de realismo, aprovechó sin más lo que la máquina municipal ya había ido preparando.

Desde otra perspectiva, la desatención a la trayectoria de ciudad abierta tan propia de Barcelona ha llevado a contradicciones muy evidentes como el posicionamiento desconfiado ante el turismo, el rechazo de entrada del proyecto de los Juegos Olímpicos de Invierno, el desinterés hacia la competición por la Agencia Europea del Medicamento y una sorprendente actitud cautelosa en la proyección internacional de los activos culturales de Barcelona.

Los electores tendrán, en las próximas elecciones municipales, una excelente oportunidad para decidir entre algunas alternativas relevantes para el futuro inmediato de la ciudad. Muy especialmente, entre la visión cerrada y ensimismada de la ciudad y una concepción de una Barcelona conectada y condicionada por su rol de capital.