El cine francés sigue siendo un misterio. Ya desde la época muda, cuando Abel Gance competía en genio con David W. Griffith, la potencia de su lenguaje, la inventiva de su puesta en escena, su insólito rigor a la hora de relacionarse con la realidad circundante, hicieron de él una fuente inagotable de saber y placer. Puede que el precedente de la novela decimonónica, de Balzac a Flaubert, y la pintura impresionista, de Monet a Cézanne, desempeñaran un papel fundamental en su desarrollo y crecimiento, pues no hay duda de que no sería lo que es sin esa riquísima tradición. Pero hay algo más.

En Francia nació la cinefilia, en la cinémathèque y los cineclubs de París, y allí se empezó a reivindicar a los grandes maestros del Hollywood clásico, de Howard Hawks a Alfred Hitchcock. Y también allá se fundó Cahiers du Cinéma, seguramente la revista de cine más influyente de la historia, y poco después surgió la Nouvelle Vague, que supuso el certificado de nacimiento de cineastas como Jean-Luc Godard, François Truffaut, Eric Rohmer, Agnès Varda, Alain Resnais, Jacques Demy, Claude Chabrol o Jacques Rivette. Se trata, pues, de una tradición en continuidad, sin interrupción.

Podríamos trazar un itinerario que partiera del cine de Jean Renoir de los años 30, como Une Partie de campagne y La Règle du jeu, o también de Sacha Guitry, que en esa misma década realizó Le Roman d’un tricheur o Faisons un rêve, y llegara hasta nuestros días. Ya en los 40 disfrutaríamos de las películas de H. G. Clouzot, El asesino vive en el 21 o El cuervo, testimonios indelebles de la ocupación nazi y su repulsivo clima moral, pero también de Jean-Pierre Melville, Jacques Becker y Robert Bresson, la filmografía de los cuales se extiende hasta los años 60, 70 y 80, según los casos: películas como Bob le Flambeur (Melville), París, bajos fondos (Becker) o Pickpocket (Bresson) continúan siendo obras maestras de una delicadeza y finura pocas veces igualada.

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