En una parte de la sociedad catalana ha hecho fortuna la convicción de que Cataluña es lo bastante fuerte y cuenta con los recursos necesarios para conseguir por sí misma cuanto se proponga y para afrontar cualquier problema que pueda presentarse. Y si no lo puede hacer es porque forma parte de España, que sería el peso muerto que impide a los catalanes levantar el vuelo. Es una convicción que, en su forma más intensa, ha devenido una creencia, una fe ciega en la propia superioridad que llega al extremo de creer que nosotros solos todo lo podemos. Hasta el punto de que ha guiado la actuación del Govern catalán ante la emergencia de salud pública, anteponiendo la confrontación política a la competencia y la eficacia en la gestión.

Esta ilusión constituye el núcleo de la causa por la independencia de Cataluña que ha devorado gran parte de las energías del país en la última década. Una fantasía que ha arraigado en una parte de la ciudadanía, alimentada por la continua propaganda emitida desde las instituciones de la Generalitat y desde los medios de comunicación públicos y concertados.

El resultado de esta empresa ha sido un fracaso político que ya no es posible ocultar. El proceso secesionista se ha estrellado contra una realidad que se había pretendido obviar: el mandato democrático electoral esgrimido por el independentismo no se ha verificado en ningún momento; una parte de la sociedad catalana no ha querido aceptar esta propuesta y le ha dado la espalda; el Estado español no ha resultado ser el Estado fallido que se anunciaba; la Unión Europea ni se ha molestado en tomar en consideración la nueva «causa de los catalanes».

 

En un callejón sin salida

Lo más grave, sin embargo, es que este fracaso político no afecta solamente a las fuerzas políticas y sociales independentistas, sino que ha comprometido las posibilidades y la reputación de todo un país que ha sido abocado a un callejón sin salida, con las instituciones de autogobierno paralizadas y desconectadas de su entorno político y una sociedad dividida y más desconfiada y desconcertada que nunca. Todavía es hora de que el independentismo haya reconocido su fracaso e identificado esta situación como de callejón sin salida político y social. Es cierto que un sector emite algunas señales de rectificación, pero lo hace atemorizado ante otro sector que no quiere admitir que estamos en un atolladero y propone seguir insistiendo en golpearse contra la pared y sublimando su frustración con quiméricas repúblicas virtuales. Por desgracia, no es nada aventurado suponer que, cuando se supere la fase más aguda de la emergencia sanitaria y con las elecciones a la vista, seguiremos sin un gobierno efectivo, mientras se intensifica la propaganda y la agitación.

De un callejón sin salida solamente se sale dando marcha atrás, es decir, rectificando. Una rectificación basada en una evaluación realista del contexto y en una reformulación programática de los objetivos es lo que cabría esperar de un independentismo inteligente que entienda que no puede insistir en un proyecto que olvida y margina a la mitad de los catalanes y catalanas.

Si esta rectificación era imprescindible hace unos meses, lo es mucho más en las actuales circunstancias que han trastocado trágicamente la situación, haciéndonos más vulnerables y necesitados, por tanto, de fortalecernos para hacer frente a una recuperación dolorosa y para repensar nuestro futuro colectivo. El marco mental que encuadraba la causa independentista ha quedado superado por el shock económico y social provocado por la epidemia del coronavirus: Cataluña no puede salir sola de esta crisis, como tampoco lo puede hacer España. Si la crisis del procés ya nos obligaba a hacer un reset, ahora hay que cambiar de chip.

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La reconexión

Un cambio de mentalidad para asumir que vivimos en un mundo interdependiente que sólo puede funcionar en red, en el que las nociones clásicas de identidad y de soberanía se hacen más complejas al convertirse en identidades y soberanías compartidas, donde el autogobierno ha de implicar también integrar el mundo local y co-decidir en los ámbitos estatal y europeo. Como afirmaba Lluís Maria de Puig, Cataluña debe aspirar a la máxima libertad posible hasta donde la realidad del país y la internacionalización lo permitan.

Por lo tanto, es imprescindible volver a conectarse y abandonar las quimeras de desconexión.

Con España, más allá del eufemismo de Estado español, recuperando antiguas iniciativas de colaboración horizontales e impulsando otras nuevas, y volviendo a aspirar a estar en la sala de mando del país. Hoy, ésta es la única vía realista para volver a estar presentes en Europa. Pero también deben restablecerse conexiones dentro de Cataluña, primordialmente entre la Barcelona metropolitana y el resto de territorios, entendiendo que la fuerza de Barcelona es la fuerza de Cataluña. Se ha de reconocer, no obstante, que recuperar estas sintonías no será fácil: además de la voluntad de llevarlo a cabo, se debe ofrecer confianza para ganarse de nuevo el respeto y la credibilidad dañados estos últimos años.

 

Un baño de realidad

Más allá del cambio de mentalidad y de actitud, es imprescindible un baño de realidad que permita captar y entender en qué contexto global se enmarcan las aspiraciones y los proyectos de Cataluña. Es un contexto en el que estaban en marcha unas tendencias preocupantes que ahora, con el shock del coronavirus, se están acelerando, a la vez que se insinúan otras nuevas.

El marco mental del independentismo está superado por el shock provocado por el coronavirus.

La globalización ha supuesto no sólo la consolidación de un mercado mundial dominado por los países líderes en innovación tecnológica (especialmente la revolución digital) y por los países productores de bienes y servicios a bajo coste –como China, la nueva fábrica del mundo—, sino también un cambio de modelo económico. Al mismo tiempo, la escasa y difícil regulación de esta revolución económica ha favorecido a las empresas de ámbito global con flexibilidad para adaptarse al nuevo marco superando las normativas y las reglas fiscales de ámbito nacional. Los vientos de la globalización han perjudicado a aquellos países que se han adaptado insuficientemente y de forma más bien pasiva, desbordados por la velocidad e intensidad de los cambios, sufriendo sus efectos más que aprovechando las oportunidades, y que, en consecuencia, cada vez tienen más difícil competir con éxito en este contexto económico global: el declive industrial de muchos países occidentales es la muestra más evidente de ello.

Está por ver hasta qué punto los estragos económicos de la pandemia alterarán el curso de la globalización y de la revolución digital, fenómenos difícilmente reversibles a pesar de los repliegues proteccionistas y nacionalistas que se anuncian. Puede que asistamos a una ralentización probablemente temporal del ritmo de los cambios, como también podría adquirir un peso cada vez más importante otra revolución global impulsada por la transición energética a la que obliga la evidencia del cambio climático.

 

La reordenación geopolítica 

Relacionada con la globalización económica y con la revolución tecnológica está también la reordenación geopolítica del mundo. El viejo orden internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial con los acuerdos de Bretton Woods y la Conferencia de San Francisco ha quedado obsoleto para gobernar un mundo que ha cambiado radicalmente. Las instituciones y las reglas multilaterales están siendo desbordadas por las nuevas realidades, la dimisión dramática del liderazgo norteamericano y la inmadurez política de la Unión Europea certifican que el centro de gravedad mundial se ha trasladado a Asia, desde donde China muestra su aspiración a ser la primera potencia mundial. El modelo de vida occidental de sociedad abierta e instituciones democráticas está dejando de ser hegemónico, carcomido desde dentro por los nacional-populismos y enfrentado a la competencia del modelo de capitalismo autoritario.

A grandes rasgos este es el contexto en el que debemos tomar nuestras decisiones sobre el futuro. Unas decisiones que deben sincronizarse con las que se tomen en nuestro entorno político y económico, español y europeo. El acierto de las decisiones urgentes e improvisadas que se adopten ahora se medirá por su orientación estratégica, por apuntar en la dirección de las reformas inaplazables de nuestro sistema económico, social y político. Las circunstancias excepcionales que vivimos no han hecho desaparecer los problemas de fondo pendientes de resolver, pueden complicar su solución, pero también pueden ser el acicate que necesitábamos para afrontarlos de cara y ponernos a trabajar.

 

 

La reconstrucción económica

Trabajar para detener el brutal shock económico y social, para proteger a los más débiles y, al mismo tiempo, para volver a poner en marcha el tejido productivo. Unas urgencias que no pueden perder de vista las reformas necesarias de nuestro modelo productivo para adaptarlo activamente a los cambios vinculados a la revolución tecnológica y a la transición energética, para recuperar la productividad estancada desde hace tiempo, para desbloquear los sectores económicos protegidos que lastran la competitividad y retrasan la inevitable competencia de nuevos modelos de negocio vinculados a la nueva economía digital, así como para absorber los costes de la reestructuración de los sectores más golpeados por la actual crisis.

La reconstrucción económica solo será posible en el marco de un nuevo impulso a la concertación social y de una colaboración intensificada entre el sector privado y el sector público. Un sector público capaz de proveerse de todos los recursos necesarios para afrontar el nivel de gasto público que requiere nuestra sociedad y que el actual sistema fiscal no satisface: se hace imprescindible una reforma tributaria integral que asegure la suficiencia y la equidad. Un sector que, a la vez, deberá racionalizarse para ser eficiente al máximo en la prestación de servicios y capacitado para regular eficazmente una economía avanzada. Si no lo logramos en unos plazos marcados por la velocidad de los tiempos actuales, la decadencia será inevitable.

 

La cohesión social y territorial

Trabajar para fortalecer una sociedad que está sufriendo síntomas de disgregación y división. Para recoser las fracturas ocasionadas por las desigualdades y estimular la cohesión social y territorial. Para garantizar la protección social y las herramientas de promoción individual a todos, sin ninguna exclusión, con unos servicios del Estado de bienestar accesibles, próximos, flexibles, eficientes. Deberíamos ser capaces de reforzar y consolidar el sistema de salud después de la prueba de estrés a la que está siendo sometido, reformulando también, de arriba abajo, el sistema de dependencia. También de asegurar la protección social de trabajadores y pensionistas. Y de dar la máxima prioridad a dotarnos de un sistema educativo que sea la clave de la integración social y de la capacitación personal. Sin olvidar la provisión de instrumentos eficaces y ágiles para garantizar el acceso a la vivienda. En definitiva, la máxima protección y promoción sociales compatible con el estímulo de la responsabilidad individual y asegurando un escenario de sostenibilidad de las finanzas públicas.

Asimismo, deberíamos de entender, siguiendo la visión de John M. Keynes, que la economía es un instrumento imprescindible, pero un instrumento al fin y al cabo, en tanto que facilita la posibilidad de civilización. El norte y el sentido de cualquier política humanista debe ser trabajar para hacer posible –a través de la cultura y de la educación— la finalidad última consistente en que cada persona esté en condiciones de llevar a cabo su proyecto de vida, evocando aquel derecho a la felicidad formulado por los padres fundadores americanos.

 

Una política útil capaz de gobernar 

Para conseguir esta desiderata económica, social y cultural necesitamos una política útil que sea capaz de gobernar y producir políticas públicas eficientes y equitativas. El problema es que Cataluña lleva demasiado tiempo sin ser gobernada. Este país necesita ser gobernado. Debe ser gobernado. Gobernar tiene que ver con la asignación de recursos de acuerdo con unas estrategias y unos programas. Gobernar quiere decir formular y aplicar políticas siguiendo las reglas del juego propias de un estado democrático. Gobernar no es agitar, hacer propaganda, exhibir banderas y pancartas. El país necesita, ahora con urgencia, una corrección radical e inaplazable de la deriva partidista de su administración pública.

Así, necesitamos unas instituciones que trabajen para y sirvan a todos los ciudadanos y sin distinciones. Con la eficacia obligada de una administración dirigida profesionalmente. Con la cooperación de todos los niveles administrativos, planteándose la revisión y reforma de la actual organización territorial. Sin sectarismos, con un sistema de autoridades independientes y de corporaciones públicas blindadas a la utilización partidista, con especial mención del Síndic de Greuges y de la CCRTV. Con transparencia en los nombramientos de cargos y la contratación pública, particularmente en los contratos de difusión publicitaria, esponsorización y patrocinio, las concesiones públicas, la gestión del espacio radioeléctrico. Con rendición de cuentas obligatoria en el marco de un Parlament de Cataluña revitalizado.

 

 

La escuela, la lengua y la cultura

También es imprescindible una renovación de los consensos implícitos construidos durante la Transición sobre la escuela y la lengua. El nivel de máximo reconocimiento del catalán como lengua de Cataluña no ha de ser incompatible con un reconocimiento, también del máximo nivel, para el castellano y con el aprendizaje de, como mínimo, una lengua extranjera. Por el hecho de que el catalán se defina como lengua propia de Cataluña, el castellano no puede ser considerado en modo alguno una lengua impropia o extraña, sino que forma parte del patrimonio cultural y lingüístico colectivo y como tal necesita ser tratado a todos los efectos de consideración pública, apoyos o premios.

La reconstrucción sólo será posible con un nuevo impulso a la concertación social

En el marco de una política cultural de gran ambición, que recupere aquella voluntad de liderazgo que había tenido Cataluña, y en particular Barcelona, con un impulso decidido a la capitalidad cultural y científica acordada con el Gobierno español, que garantice la diversidad cultural y se proponga el acceso a la cultura para todos, que despolitice las instituciones culturales y los medios de comunicación públicos. Hay que cambiar la mirada actual centrada en la creación inmediata y complaciente con el poder político, para dirigirla a las fuentes de conocimiento y cultura de los clásicos que son los que forman e informan a las sociedades culturalmente ricas y avanzadas. En la sociedad post-coronavirus la cultura ha de saber y poder aprovechar el mundo digital que ya es parte inseparable de nuestras vidas asegurando el acceso tanto a creadores como a usuarios, y hacerlo con respeto total a la pluralidad, sin manipulación política y siempre en pos de la excelencia.

 

La ejemplaridad del gobierno

La ejemplaridad del Govern y de la administración de Cataluña ha de ser la mejor carta de presentación para exigir un sistema de autogobierno estable, no sometido a los avatares de los pactos circunstanciales en Madrid ni a las subastas entre nacionalismos. Cataluña necesita la plena federalización del Estado, con reglas claras de delimitación de competencias y recursos, y un arbitraje de los casos conflictivos por parte de un TC que ha de estar de nuevo perfectamente legitimado en Cataluña y en toda España. Y con instrumentos de co-responsabilización en la gobernación del Estado, como un Senado federal y un sistema de conferencias ministeriales de las autonomías federadas en los diferentes ámbitos, y de autoridades y agencias independientes, vinculadas al Senado, para gestionar competencias específicas que afecten a todo el sistema federal. La exigencia de este cambio institucional va ligada a una condición inexcusable: la lealtad recíproca que ha de alimentar la confianza democrática sin la cual nada será posible.

Cataluña lleva demasiado tiempo sin ser gobernada. Este país necesita ser gobernado. Debe ser gobernado

Las incertidumbres y los temores de este momento extraño no pueden abocarnos a la depresión y el pesimismo. De hecho, no tenemos otro camino que volver a ponernos en marcha después de recapitular sobre los errores pasados y evaluar el contexto y la correlación de fuerzas. La experiencia nos aconseja afrontar esta nueva etapa con una combinación de conservación, reformismo e innovación. Conservar un orden de libertad para no desorientarnos. Reformar una sociedad conformista para ganar la oportunidad de tener futuro. Innovar para adentrarnos en un nuevo mundo desconocido.