El presidente de la Generalitat, Quim Torra, ha dado por terminada la legislatura. No ha alcanzado ninguno de los objetivos que se había planteado como jefe del ejecutivo formado por JxCat y ERC, especialmente el mantenimiento de la unidad entre las fuerzas independentistas para dar respuesta a la sentencia del Supremo. El llamado «mandato del 1 de octubre», la construcción de la república, el ejercicio del derecho a la autodeterminación o la amnistía para los presos —tales eran dichos objetivos— han quedado en nada.

Ninguna legislatura como la de Torra había dado tantas muestras de división, tanto desbarajuste ni tanta desorientación, con la mancha adicional, a él muy directamente atribuible, de su condescendencia con los desbordamientos violentos de las manifestaciones, especialmente de los CDR y del misterioso Tsunami Democràtic. Destaca especialmente el maltrato recibido por las instituciones, sobre todo por el Parlament y por los medios de comunicación públicos catalanes, con el último episodio de la Comisión de investigación del 155, convertida en plataforma propagandística en lugar de en momento de reflexión autocrítica por parte de quienes vulneraron el Estatut y la Constitución.

El balance de los gobiernos de Torra hasta ahora mismo es vacuo, con dos excepciones que pertenecen directamente al balance positivo del socio de gobierno, ERC: la elaboración de los presupuestos catalanes y la formación de la mesa de diálogo con el gobierno de Pedro Sánchez. La paradoja la constituye la preservación de estas dos conquistas ajenas con carácter previo a la convocatoria de las inevitables elecciones, con la esperanza de conseguir algún rédito electoral, ya sea personalmente o por parte del puigdemontismo que lo nombró y lo apoya.

Lo mejor de la derrota de Torra es que abre espacios a ERC para que arrebate la hegemonía a Puigdemont y que culmina con la convocatoria de unas elecciones imprescindibles para volver lo más rápidamente posible a la normalidad del autogobierno. Con presupuestos en Cataluña y elecciones convocadas hay que esperar que se llegue a las urnas con los presupuestos españoles ultimados. Además de aliviar las cuentas catalanas y dar una señal política bien clara, sería un buen prólogo a la posibilidad de un cambio de mayorías en el Parlament.

Después de diez años de aventuras y de parálisis Cataluña necesita y merece un gobierno que gobierne, una mayoría responsable que le dé apoyo y unas instituciones que funcionen. Además, naturalmente, de atender a las responsabilidades históricas que siempre había asumido Cataluña en la gobernación de España y de Europa. La derrota de Torra tiene que ser el último episodio de una etapa negativa y turbulenta demasiado larga, que solo con el voto en las urnas se podrá clausurar.