A propósito de la publicación del libro de Vicent Baydal y Cristian Palomo, Pseudohistòria contra Catalunya, cabe reflexionar sobre una característica de la historia que conviene tener siempre en cuenta. Que los humanos estamos construidos sobre el tiempo. Somos tiempo y, en consecuencia, nuestra identidad se amasa con la memoria de un determinado pasado, individual o colectivo. Por eso, si en cada identidad se alberga el orgullo o el lamento de lo que somos en el presente, es lógico que las identidades y memorias colectivas mantengan unas relaciones conflictivas con la historia. Porque la historia, si quiere ser una ciencia social, debe investigar el pasado lo más objetivamente posible, lo que implica una constante tarea crítica y desmitificadora.

Ahora bien, tanto las memorias en plural como cada investigación histórica concreta despliegan un diálogo constante con los muertos, a cuyo extraño y silencioso universo nos acercamos para darle una explicación y una coherencia. En ese diálogo se generan distintos usos sociales del pasado, también abusos y esperpentos. Quizás, para comprender el debate abierto con la obra citada al inicio, la clave se encuentre en el nacionalismo, auténtico vivero de distorsiones del pasado.

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