Català

Las elecciones municipales, autonómicas y europeas del 26 de mayo han sido una verdadera segunda vuelta de las elecciones generales del 28 de abril y se han visto confirmadas buena parte de las tendencias que se manifestaron entonces.

El PSOE atraviesa un momento dulce y ha recuperado la condición de primera fuerza política. Ha ganado con claridad las elecciones europeas y las municipales y, habiendo mejorado sus resultados en varias Comunidades Autónomas, tiene la posibilidad de recuperar poder autonómico.

El PP, por su parte, sigue con la tónica descendente pero ha minimizado las pérdidas respecto de las elecciones generales y está en condiciones de mantener o recuperar gobiernos autonómicos o municipales si acaban prosperando pactos con Ciudadanos y Vox.

El partido naranja no ha satisfecho las expectativas de superar al PP pero se ha consolidado como tercera fuerza política y es un firme candidato, si quiere, a convertirse en el verdadero partido bisagra de la política española sustituyendo en este papel a los partidos nacionalistas que son quienes tradicionalmente lo han ejercido.

Más decepcionantes han sido los resultados de Podemos en singular y del espacio a la izquierda del PSOE en plural que, no habiendo sido capaz de reeditar las confluencias territoriales y habiéndose escindido en Madrid, no ha podido revalidar los resultados del anterior ciclo electoral y tiene muchas posibilidades de perder sus plazas emblemáticas, como Madrid o Barcelona.

Y finalmente Vox se ha convertido en un actor relevante en todas las arenas políticas españolas, con menos fuerza y habiendo retrocedido respecto de las generales, pero habiendo consolidado su condición de muleta necesaria para apuntalar gobiernos del PP y Ciudadanos.

En Cataluña los resultados han sido más ambivalentes. En las elecciones municipales, en consonancia con lo que había sucedido en las elecciones generales, se ha impuesto ERC, convertida en la primera fuerza municipalista en detrimento de JxC que, como sucesora de lo que fuera CIU, ha retrocedido a la tercera posición. La segunda plaza ha sido para el PSC que recupera mucho terreno, en especial en Barcelona y en el área metropolitana.

Por detrás se sitúan los Comuns, Ciutadans -que no acaba de arraigar territorialmente y que tiene un verdadero problema en Cataluña después de la huida de sus líderes- y la CUP que, a pesar de ser una fuerza eminentemente municipalista, ha perdido terreno. Y el PP, con la excepción de Badalona, se ha convertido en un partido testimonial mientras que Vox es absolutamente residual, a pesar de la fagocitación de Plataforma por Cataluña.

La correlación de fuerzas en las elecciones europeas ha sido muy diferente, en especial en el ámbito del independentismo. En la particular disputa entre ERC y Junts per Catalunya, la candidatura encabezada por Carles Puigdemont ha ganado con claridad, imponiéndose a ERC que, otra vez con Oriol Junqueras al frente,  ha quedado en tercera posición. ERC vence en las elecciones generales y en las municipales, quizás porque no iba Puigdemont de candidato ya que cada vez que el primero se ha enfrentado a Junqueras le ha ganado evidenciando la enorme capacidad de movilización del presidente depuesto.

Clarificado el panorama, los partidos tienen ahora que decidir su política de pactos a varios niveles, decisiones que marcarán su estrategia de cara a los próximos años. Varios partidos, tanto en Cataluña como en el conjunto de España,  y como ya sucedió en el anterior ciclo electoral, han puesto líneas rojas que amenazan las investiduras y la futura gobernabilidad.

El sistema de partidos ha pasado de tener un formato bipartidista, en el que la alternancia solo era posible entre dos partidos, a tener un formato pluralista en el que se hace difícil el gobierno de un solo partido. De hecho, en sistemas pluralistas como el español,  la norma son los gobiernos de coalición, una modalidad que ya hace tiempo se ensaya en las comunidades autónomas y en el mundo local pero que todavía no ha llegado al nivel estatal donde algunos partidos parecen no ser conscientes que el tiempo de las mayorías holgadas es cosa del pasado.

Este tipo de sistemas de partidos también acostumbra a caracterizarse por una competencia de tendencia centrípeta, por tanto moderada, y porque casi todos los partidos están orientados hacia el gobierno. En España, en cambio, parece que algunos partidos apuestan por la polarización, como por ejemplo los partidos independentistas o Vox, arrastrando al resto a una competencia de tipo centrífugo que dificulta el entendimiento entre formaciones que en otras circunstancias serían aliados naturales.

Teniendo en cuenta que los electores han decidido que nadie puede gobernar a solas hay que exigir a los partidos que están en condiciones de hacerlo o de favorecer la gobernabilidad, que actúen responsablemente y levanten unas líneas rojas que son más tácticas que programáticas y que limiten sus vetos a las formaciones que no respetan el orden constitucional o que proponen regresiones en los derechos. Estos han de ser los únicos límites para la gobernabilidad.  El resto de pactos, que pueden ser variables, tienen que ser asumidos con plena normalidad.

Pactos que tienen que ir desde Podemos al PP pasando por los partidos nacionalistas periféricos democráticos, lo que sería el equivalente español a la propuesta europea del «De Tsipras a Macron» que planteaba Frans Timmermans, el candidato socialista a la presidencia de la Comisión. Esto es justamente lo que han propuesto Manuel Valls en Barcelona e Íñigo Errejón en Madrid. El primero, ofreciendo sus votos a Ada Colau para evitar la sumisión de la ciudad al independentismo y, el segundo, planteando para la capital un acuerdo con socialistas y Ciudadanos para evitar la dependencia de Vox. Propuestas todas ellas insólitas pero necesarias en un contexto pluripartidista.