La industria de Hollywood lo bautizó como el “mago del suspense”, pero en realidad fue mucho más que eso. Lo dejó claro François Truffaut en El cine según Hitchcock, una larguísima entrevista que se publicó en forma de libro en 1966. En ella, Alfred Hitchcock se negaba a seguir interpretando a su habitual personaje público, el entertainer avispado y malicioso, para asumir su verdadera personalidad: un poeta del mal a la altura de Poe y Baudelaire, un cronista de la miseria humana dotado a la vez de una extraña capacidad para apiadarse de sus desvalidos personajes. El crítico Robin Wood lo comparó más tarde con Shakespeare, por su habilidad a la hora de transformar materiales en apariencia insignificantes en agudos estudios del malestar de la civilización, y hace poco Slavoj Zizek lo interpretó a la luz de Jacques Lacan, un enfoque psicoanalítico que no era el primero en poner en práctica. Sea como fuere, Hitchcock ha pasado a la historia como uno de los grandes cineastas clásicos –a su altura únicamente permanecen John Ford, Howard Hawks, Raoul Walsh y Fritz Lang— y como el responsable de una serie de películas cuyo recuerdo está grabado a fuego en la memoria cinéfila. Ya es imposible hacer cine como lo hacía él, se suele decir. Pero ¿cómo lo hacía? ¿De verdad Hitchcock solo puede contemplarse ya como un cineasta de museo, desde la nostalgia por una época de la historia del cine que ya no volverá?

Per llegir l'article complet fes una prova gratuïta de 15 dies o fes una subscripció de pagament. Accedeix si ja ets subscriptor.