Son momentos elásticos que duran, en los que reconocerse resulta ser ardua tarea. Lo sabemos, desde hace semanas. La ciudad es Budapest, pero podría ser otra. Estamos a principios de mayo y la floración es espléndida.

El esfuerzo de muchos Gobiernos y autoridades locales se centra en implementar medidas preventivas, como respuesta de contención a la emergencia sanitaria global. Es insólito encontrarse con espacios públicos casi vacíos, sin movimiento de personas, ni vehículos, salvo los que facilitan el servicio de transporte público, o los de las fuerzas de seguridad. Más aún el adaptar nuestra escucha a niveles tan bajos de sonido. En muchos puntos de los centros urbanos afectados, el silencio que corre y lo absorbe todo es casi absoluto, favoreciendo que el espacio de la fantasía individual se cruce con el de la llamada realidad visual que nos muestra este presente. Se produce una extraña relación entre ambos que podemos explorar, a partir de los sentidos.

Conmueve visualizar y experimentar espacios que sugieren o recuerdan mucho a algunas obras creadas por el movimiento de la Pintura Metafísica y, en particular, a las de su precursor, Giorgio de Chirico (1888 – 1978). En muchas de sus obras se muestran plazas italianas desiertas, mezcladas con casuales yuxtaposiciones de objetos, enlazando todo con la mente inconsciente, más allá de la realidad física, de ahí el nombre de Pintura Metafísica. Recordemos, que el movimiento buscaba expresar una lógica alternativa, por así decirlo, en medio de una Guerra Mundial (la Primera). Y fue justo en ese momento de gran crisis que estos artistas mostraron espacios misteriosamente quietos y tranquilos, espacios profundamente silenciosos.

El movimiento Surrealista, al igual que el movimiento de la Pintura Metafísica, se esforzó en explorar lo que hay más allá de la realidad. Los Surrealistas lo lograron liberando su inconsciente en el proceso creativo (automatismo psíquico). Los Metafísicos, en cambio, eligieron «a conciencia» los elementos simbólicos que protagonizaron sus sueños enigmáticos.

Podríamos adelantarnos y apuntar que De Chirico, así como algunos artistas Metafísicos, primero, y Surrealistas después, acertaron a anticipar, sin saberlo, el sorprendente relato visual que nos ofrece este momento presente. Porque su visión respondía no necesariamente solo a la búsqueda artístico/estética e irónica, sino también a aquello que realmente filtraban sus sentidos más agudos. Se componían, por ejemplo, paisajes de ciudades clásicas abandonadas, o de monumentos emblemáticos abarcando solos el espacio en el que fueron construidos, elasticidades distorsionadas, acontecer de objetos en lugares dispares, tonalidades omnipresentes, sin presencia humana …pero con sombras asombrosas…!

Ahora y, sin haberlo pretendido ellos, los espacios urbanos y arquitectónicos han conseguido de repente ser vistos sin nadie, coronando el espacio por sí mismos, tal y como los vislumbraron y luego diseñaron sus autores.

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Renfe / Viaja como piensas

Y es como el fluir del agua sin tregua, enigma abierto y suspendido en el tiempo, ese que parece haberse detenido para muchos, despojado de nuestra propia capacidad de intervención, despojado casi del todo, incluso de nuestra presencia. Es como un alto en el camino, un mensaje incomprensible e inacabado pero tremendamente poderoso. Nuestras necesidades son filtradas y solo debemos responder con acción y movimiento cuando hay una situación que lo amerita, es decir, una necesidad real que no conviene aplazar. De lo contrario, nos sumergimos en el recogimiento y en la reflexión (inspiración), en el mejor de los casos o, en el peor, nos encerramos en la lógica rígida del «aislamiento forzado».

Pero si Kitsch es el sustituto de valores verdaderos, sinónimo de «falta de autenticidad y calidad» (Magda Szabo, La puerta) nuestros días urbanos en esta crisis son su contrario. Vivimos la oportunidad de ahondar en nuestra propia búsqueda y en nuestra propia escucha, sumergidos en una escenografía sorprendente que nos despierta múltiples emociones y un sentimiento de perplejidad. Porque vivíamos en una sociedad que nos parecía ser abierta y que ahora se cierra.

La impredecible primavera acompaña esta experiencia y sus múltiples relatos. Caen copos finos y blancos, mientras la tierra con sus arbustos en flor salpica nuestra visión, con puntos blancos emergentes, que no son más que minúsculas flores asomándose y resistiendo, como los tulipanes de las ventanas, este azote inesperado de viento gélido, animado por el polvo blanco que transcurre y se desplaza, como sustituyendo a los transeúntes. En su lugar, remolinos de pétalos circulando, sugiriendo el trazo cambiante de todo lo que en algún momento precedente estuvo vivo.

La escenografía presente es insólita. Nos sobrecoge y nos despierta, tal vez nos transporta a estados de ánimo y cognitivos que desconocíamos, o que sólo habíamos experimentado parcialmente a través del hilo de nuestra propia fantasía en acción. Pero ahora está aquí, ante nuestros ojos, porque esta es la realidad que nos despierta el momento, la que nos ofrece como antídoto a la que estábamos tan acostumbrados y que nos parecía ser «la realidad», sin más. La única, e imperecedera, la que todos compartíamos y reconocíamos como cierta y perdurable. La que nos brindaba, sin cesar, el brillo del intercambio en directo, el calor de los cuerpos amables, las caricias genuinas y los besos, incluidos los más tiernos. Entonces, alzábamos a los hijos de nuestros amigos y jugábamos con ellos, cuerpo a cuerpo. Entonces, los adultos se abrazaban. El universo humano de la gestualidad comunicativa se ofrecía en todo su esplendor. Y es lógico que así fuera porque la interacción en directo implicaba un componente físico en muchas culturas, entre ellas la nuestra.

Hasta ahora teníamos que esforzarnos en vislumbrar otras aristas o perfiles de lo que podemos denominar como «realidad visual» para relatar nuestro quehacer cotidiano, contar historias y/o interpretar hechos comunes. Pero también debíamos esforzarnos, y más si cabe, para acercarnos al pulso de nuestra vida interior, impregnada de valores no materiales, de melodías y compases que entonamos y percibimos, pero que no alcanzamos a asir con nuestras manos, y que solo podemos materializar al vuelo cuando interpretamos las notas con un instrumento, con nuestra voz, o con la danza.

La crisis nos desvela que ahora podemos explorar un vínculo y una cercanía insólita entre nuestra percepción interior y el entorno visual que nos rodea y al cual pertenecemos, como miembros que somos de la comunidad, en general. De Chirico decía «solo puedo amar lo enigmático». Porque su narrativa no nos lleva nunca a algo definitivo. El enigma, según él, está destinado a seguir sin ser resuelto. Y puede que ello contribuya a que nuestro ser no se acomode y, con ello, logremos evitar la autocomplacencia.

Este Hoy que podemos explorar ahora es como el lenguaje neutro y poderoso de las flores, el lenguaje espiritual de las palabras o el simbólico metafórico de las imágenes. Todas ellas, palabras e imágenes cruzándose en un insólito mensaje de articulados encuentros por descifrar a través de múltiples formas de expresión que buscan dar voz a nuestras intuiciones evanescentes. Es la metáfora del «Ángel» de la música; se agudiza la escucha y los detalles de su narrativa nos seducen y nos guían, a través del paso inspirado de cada tramo de la composición, que pasa corriendo pero nos penetra y, al igual que la tierra, acoge cada semilla.

¡Árbol mío, pienso, parece que han vuelto los lugares mágicos! Las más bellas imágenes de ayer se han convertido ahora en lugares verdaderos, sin turistas desfilando por doquier, sin barullo, sin cháchara. Ergo, Riva del Garda, tejido presente impregnado de nostalgia, como la nieve de abril en Concord, la de estos días de ahora. Porque el secreto prevalece en nosotros. Como decía Attila Jozsef, «lo profundo calla».