El ciclo de radicalidad se está agotando. La visita del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, el jueves y viernes a Barcelona, es la demostración más explícita de ello. De nada han servido los esfuerzos para mantener la tensión polarizadora ni ha funcionado tampoco la trampa tendida por Quim Torra para reventar el camino pactista con el que se ha comprometido Esquerra Republicana.

El diálogo bilateral entre España y Cataluña, como si fuesen dos entidades independientes y en conflicto, representadas por los dos presidentes, solamente está vivo en la escenificación imaginada por Torra y aceptada como si fuese cierta por los tres partidos de la derecha española, obsesionados en proyectar una renuncia al Estado de Derecho y una humillación al gobierno de Madrid, imprescindibles para su relato apocalíptico.

La realidad puesta de manifiesto por el viaje de Sánchez es que el gobierno de izquierdas español ha empezado a dialogar y a pactar con Cataluña, sin exclusiones, con todas sus instituciones representativas y con las entidades más relevantes de la sociedad civil, de manera que el ciclo del conflicto está tocando a su fin en favor de un nuevo ciclo de diálogo, entendimiento y pacto.

El efecto colateral de la actitud de Torra demuestra que no representa a Cataluña, como él mismo reconoce cuando en su discurso se dirige exclusivamente al mundo independentista, ni tiene apenas otra función que no sea tender trampas y poner obstáculos a los partidos que tienen voluntad de entendimiento, y especialmente a Esquerra Republicana, el competidor y rival de JxCat por la hegemonía dentro del independentismo y en la vocación de gobierno en la Plaza Sant Jaume.

Este sería el caso tanto de la exigencia de un relator internacional en la mesa de negociación como del rechazo de la Comisión Bilateral como el lugar más funcional para organizar e institucionalizar el diálogo entre ambos gobiernos. También lo es su demanda de protagonismo personal en la mesa de negociación que primero no avalaba y que ahora quiere encabezar, seguramente para seguir manteniendo la posibilidad de boicotearla.

Todo ello es una sobreactuación de escasa credibilidad. Torra ya no es diputado. Hay dudas, incluso entre los letrados del Parlament, acerca de la lógica de mantenerse como president en tales condiciones, a la espera de la decisión definitiva de los tribunales y con el anuncio de una disolución en diferido del Parlament después de aprobar los presupuestos. Su tarea va ahora más lejos que la de president vicario de Puigdemont y se ha convertido en la de obstaculizador sistemático del camino del diálogo, encargo en el que Torra está demostrando una falta de efectividad solamente superada por su propia inefectividad como gobernante.

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El papel de Torra no puede ser más triste ni negativo para Catalunya. Su balance de gobierno es nulo y su papel, ahora que está ya en la puerta de salida, consiste en poner trampas y obstáculos. Con el inconveniente de que en cualquier momento puede perder el único poder que le queda, que es la llave para hacer efectiva la disolución y fijar la fecha. En vez de prolongar la comedia, como si fuese él quien protagonizara unas negociaciones efectivas sobre la autodeterminación y la amnistía, lo mejor que podría hacer es irse cuanto antes.

Ahora solamente desempeña la función lamentable de proporcionar combustible retórico a la excitación permanente de la derecha sobre la España que se rompe y se hunde en el enfrentamiento civil. Aunque el ciclo haya terminado y se vaya adelgazando el futuro del radicalismo es grande todavía la responsabilidad de quienes siguen avivando el desacuerdo e impidiendo que Cataluña sea gobernada de nuevo.