El nuevo coronavirus afectará a la economía de todos los países de manera directa e indirecta y generará una recesión a nivel mundial en 2020. No obstante, tendrá una corta duración. Por dicho motivo, en 2021 la economía global ya crecerá por encima del 3,5%

 

Repercusiones sobre la economía mundial

El impacto económico del coronavirus Covid – 19 dependerá de la duración del brote, del número de países a los que llegue y de la cifra de personas afectada en cada uno de ellos. La primera variable está relacionada con el grado de efectividad de las medidas adoptadas. Aunque éstas puedan ser diferentes, hay una regla común: si se realizan enseguida actuaciones drásticas, más reducido será el número de nuevos contagiados y menos perjudicará a la economía nacional.

Las medidas contundentes pueden ser de dos tipos: preventivas o reactivas. El éxito de las primeras impide la extensión de la enfermedad, el de las segundas disminuye la saturación de los servicios sanitarios. Unas provocan la reducción de la actividad de algunos sectores económicos durante unos pocos días (Taiwán, Corea del Sur y Japón); otras paralizan casi todo el país durante al menos un mes (China, Italia y España)

El pasado 22 de marzo, de los 194 países reconocidos por la ONU, el nuevo coronavirus había llegado a 186. Por tanto, es muy probable que ninguna nación se libre de él. Los distintos países quedarán afectados de manera diferente y durante un desigual período de tiempo. Sin embargo, las repercusiones sobre ellos serán más grandes cuanto más tiempo esté operando su economía a medio gas, en mayor medida su modelo de crecimiento esté basado en las exportaciones y un elevado porcentaje de éstas sean materias primas.

A corto plazo, las más damnificadas serán las naciones cuyo tejido empresarial ha disminuido mucho su actividad, ya sea para evitar nuevos contagios, por la falta de productos intermedios necesarios para la fabricación de los finales o por una insuficiente demanda de bienes.

Como normal general, el volumen de comercio internacional varía en mayor medida de lo que lo hace el PIB mundial. Por tanto, si la economía global va bien, los países con una industria muy enfocada hacia la exportación suelen crecer más que el resto. En cambio, si va mal, sucede todo lo contrario.

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En 2020, la última tendencia es la que tendrá lugar. Además de una menor demanda mundial de bienes, las empresas deberán hacer frente a eventuales restricciones en los medios de transporte (por ejemplo, en el aéreo) y a controles más estrictos en las aduanas. En el viejo continente, los países más afectados serán Reino Unido, Irlanda, Italia y Alemania.

El precio de las materias primas es mucho más volátil que el de los productos acabados, pues en sus respectivos mercados es mucho más fácil que haya abundancia o escasez de las primeras que de los segundos. Además, su evolución depende en gran medida del nivel de producción realizado en el Sudeste Asiático y, especialmente, en China,

En el primer trimestre de 2020, ambos factores han perjudicado a los productos básicos y han generado elevadas caídas de sus precios. Los países más perjudicados, además de la mayoría de emergentes, serán Australia, Rusia y Canadá.

En términos económicos, el Covid – 19 ha supuesto un shock de oferta y es posible que genere una gran contracción de la demanda de bienes y del crédito. El primer problema era inevitable, el segundo puede minimizarse en una sustancial medida y el tercero soslayarse de forma casi completa.

La disminución de la oferta viene provocada por las regulaciones sanitarias adoptadas. En mayor o menor medida, casi todos los países van a disminuir la producción en el actual y/o próximo trimestre. A diferencia de otras ocasiones, tal y como sucedió en las crisis de primeros y finales de los 70, la caída de la oferta es posible que sea puntual. Por tanto, el nivel de producción anterior puede recuperarse en un escaso período de tiempo.

En consecuencia, por el lado de la oferta, la repercusión sobre la economía global será muy intensa, pero reversible. No obstante, el resultado final tendría un carácter más dañino si la disminución de aquélla se trasladara a la demanda. Una situación que podría ocurrir si unas familias y empresas más precavidas decidieran reducir su nivel de gasto y el sector público no elevara el suyo en la cuantía suficiente para compensarlo.

Si así sucedería, la recesión no finalizaría en 2020, sino que muy probablemente continuaría durante una parte o la totalidad de 2021. No obstante, el peor de los pronósticos ocurriría si, las dudas sobre la solvencia de numerosas empresas, llevaran a los bancos a restringir mucho los créditos o a encarecerlos en una elevada medida. El motivo sería una gran mortalidad empresarial y una espectacular subida de la tasa de paro.

Este último contexto, supondría la llegada de una crisis relativamente similar a la advertida en 2008. No obstante, generada por un problema diferente. Ahora, una complicación sanitaria provoca una elevada, pero transitoria, reducción de la oferta. Antes, la explosión de una burbuja inmobiliaria llevaba a la quiebra a numerosos bancos y al rescate más o menos encubierto de otros muchos. En ambos períodos, el diagnóstico final sería idéntico: una gran recesión originada por una escasa demanda de bienes.

En definitiva, en 2020 la economía global va a entrar en recesión y la caída del PIB mundial va ser superior a la décima que bajó en 2009, siendo éste el peor año de toda la anterior crisis. No obstante, si las autoridades económicas han aprendido las lecciones de la última década, en 2021 la economía mundial ya estará creciendo por encima del 3,5%.

 

Repercusiones sobre la economía española

Desde la perspectiva española, la crisis del coronavirus Covid – 19 ha tenido hasta el momento tres fases: su irrupción y extensión en China, su llegada masiva a Italia y la declaración del estado de alarma en nuestro país. En cada una de ellas, las consecuencias sobre el PIB han sido diferentes y cada vez más negativas.

En la primera, el impacto estimado era únicamente de unas décimas. Así lo creía la agencia de rating Standard’s & Poor’s, quién en su informe del mes de febrero indicó que en 2020 creceríamos un 1,3%, en lugar del 1,7% inicialmente previsto. Las repercusiones tendrían un carácter más indirecto que directo, pues nuestro país tiene una gran dependencia de la economía europea, pero relativamente escasa de la mundial.

En la segunda, la repercusión aumentaba notablemente. Las razones serían tres: la enfermedad afectaba a uno de los países con los que tenemos una mayor relación económica, las principales Bolsas mundiales empezaban a caer en picado y el miedo a su extensión en España provocaba cambios en los patrones tradicionales de gasto de familias y empresas.

El primer motivo proviene de que el país transalpino es el tercer destino de nuestras exportaciones de bienes (el 8% en 2019) y el cuarto que más turistas nos aporta (un 3,5%). El segundo supuso que los inversores tomaran conciencia de que la enfermedad ya no era un problema regional, sino que tenía alcance mundial.

En la nueva coyuntura, un elevado número de inversores optó por reducir riesgos, recoger plusvalías, vender acciones, bonos de los países con mayor riesgo y de las compañías con peor rating. Esta última actuación puede aumentar considerablemente los tipos de interés a sufragar por empresas con algunos problemas de solvencia y, si no disponen de líneas de crédito preferenciales y ayudas gubernamentales, llevarlas a la quiebra.

El tercer problema repercutió especialmente sobre dos sectores: turismo y transporte. El primero es el que más pesa en el PIB y el segundo, junto con la logística, uno de los cinco que más lo hace. Además, aumentó la prudencia de familias y empresas. Los hogares disminuyeron un poco la compra de bienes duraderos y las compañías aplazaron o descartaron algunas de las inversiones previstas.

La declaración del estado de alarma ha supuesto la paralización de una gran parte del país. Los efectos sobre la oferta de bienes han sido considerables y se han trasladado a la demanda. Su disminución provocará un elevado aumento del paro, la pérdida de una gran parte de los ingresos habituales de muchos autónomos y la desaparición de algunas pymes.

Debido a las anteriores razones, España entrará en recesión. En el 1º trimestre, el PIB caerá y lo seguirá haciendo en el segundo, pues muy probablemente la suspensión de numerosas actividades económicas afecte a una sustancial parte del mes de abril. Además, el regreso a los niveles del PIB del 4º trimestre de 2019 será lento, excepto si se adoptan medidas extraordinarias.

Éstas serían la realización por parte de la Comisión Europea de un gran programa de gasto público, la compra directa por parte del BCE de la deuda emitida por el Tesoro a un tipo de interés nulo o cercano a él y el apoyo de la Administración con subvenciones a fondo perdido a las empresas y los autónomos, con la finalidad de regresar rápidamente a los niveles de empleo de finales del pasado año.

Si no se adoptan las medidas anteriores o muy similares, el cierre temporal de numerosas empresas, unido a una operatividad al ralentí de otras, provocará una gran reducción del gasto de las compañías. La restricción de los movimientos de la población, la pérdida temporal o definitiva del empleo actual de muchas personas y el miedo al futuro hará que las familias también disminuyan significativamente el suyo.

La disminución de la demanda del sector privado invertirá la tendencia habitual de los precios. En lugar de aumentar, se reducirán. Una caída a la que contribuiría una gran bajada de los de las materias primas, especialmente el petróleo y sus derivados. En el mes de abril, como muy tarde, la tasa de inflación ya será negativa.

En resumen, el nuevo coronavirus va a provocar que nuestro país padezca recesión y deflación. Una de las peores coyunturas económicas que existen. No obstante, desde la década de los 30 del pasado siglo, los economistas tenemos una magnífica medicina para salir con éxito de ella. Implica tipos de interés negativos, una gran disponibilidad de liquidez para familias y empresas y un elevado gasto de la Administración (un nuevo New Deal).