Los primeros días con el Covid, el virus se empeñaba en martillear mi cabeza y mi cuerpo; después empezaron las febrículas que me impedían pensar. Así estuvimos encerrados los dos, mano a mano en mi habitación, tosiendo y durmiendo. Luego, volvimos. El virus, menos arrogante y yo, más paciente. Aquí estamos en mi cuarto, esperando a que mi hija me levante la sentencia: “Son 15 días desde que no tengas síntomas”. A ver quién le discute nada a alguien que lleva mes y medio cuidando a contagiados graves en un hospital público de Barcelona.

Al noveno día de mi aislamiento bajó la fiebre. El coronavirus dejó de molestar en exceso. Sin embargo, el mundo es más pequeño, cabe en mi habitación. La cómoda es ahora mesa de comedor, escritorio y librería; el banco de Javier, mi marido confinado en Portugal, se ha convertido en alacena; el fregadero está en el baño y mi mesilla de noche sirve de bar/cafetería. Ahora ya trago mejor, lo que no deja de ser un peligro. Todo me sabe bueno.

Mi hija y mi yerno cuando salen de sus respectivos hospitales echan turnos de camareros: dejan la bandeja con la comida en el quicio de la puerta y salen a todo correr por el pasillo con las mascarillas y batas de médicos. Sus mascarillas de quirófano son ordinarias, pero sirven. Ninguno de los dos lleva el modelo autóctono que Joan Canadell, el independentista presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, vendía en TV3 a bombo y platillo. Un detalle que me ha tranquilizado. Ellos siguen formando parte de esa mitad de Catalunya que opina que una mascarilla ni lleva dibujitos ni necesita ser autóctona, que de esta crisis solo salimos ayudándonos y con buena sanidad pública -sin más recortes de la Generalitat-. Yo sigo aplaudiendo a las 8 desde mi ventana interior.

Una vez despierta, he decidido no aburrirme, pero soy impaciente. “Pronto” es la palabra que más usan los médicos de casa para contestar a mi pregunta diaria, “¿cuándo voy a salir?”. Tengo miedo a perderme en mis ensueños. Mis días y mis noches han chocado, se han perdido unos en las otras, confundido horarios, provocado el caos y acabado con mi disciplina personal. Me ducho por las tardes y escribo de madrugada.

Todo irá bien, eso es lo que dice una tarjeta que me ha enviado la nieta de una amiga. Pues, quizás. Mejor, lo dudo, pero irá. Voy sumando lecturas sobre la Segunda Guerra Mundial. No se pierdan “Una mujer en Berlín”, escrita durante el final del conflicto en Alemania, explica cómo sobrevivieron las mujeres. La leía y me costaba tragar. Su anónima autora vivió el período y no estaba para lágrimas; no se perdía en quejas ni adjetivos. La patria era quien le daba una barra de pan. Las mujeres protagonistas buscaban comida por las calles cuando el peligro de violación estaba en cada esquina, hasta en el refugio.

Cuando no puedo seguir leyendo, porque algo me duele, oigo música. Ópera de Mozart, principalmente cómica. Hay que compensar. Tampoco estoy para descubrir nuevos cantantes y prefiero dedicarme a los míos, recuperar viejos discos de Victoria de los Ángeles y Alfredo Krauss o escuchar a Matthias Goerne. La música no consigue apartarme de mis malas costumbres, por lo que, entre Don Giovanni y el plato de macarrones con tomate, abro Twitter. Ahí siguen pegándose como si no hubiera un mañana, ni una pandemia. En campaña electoral permanente. No me detengo mucho tiempo. Envío uno o dos tweets y bloqueo a los bots o trolls ultranacionalistas demasiado pesados.

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Aún me falta ver unos capítulos de “El último Reino”, sajones y vikingos luchando por la Inglaterra del siglo IX. Esos brazos musculosos empuñando espadas de hierro asustan de verdad, no como los tweets tontamente guerreros de los aprendices de político, que borran en cuanto oyen un grito. Buenas noches o días. Dejo las redes y me voy con mis vikingos. ¿Cuándo saldré a caminar por Barcelona? Pronto.