La emergencia, expansión e, incluso, preponderancia hegemónica de la extrema derecha no es un fenómeno aislado. Se está convirtiendo en una especie de pandemia ideológica que desborda los mecanismos de control político de los partidos tradicionales. Especialmente en el espacio electoral del centro-derecha. Algo que también se vive en España tras la irrupción de Vox y su progresivo escalado electoral. Un acontecimiento político de consecuencias todavía impredecibles pero que está suponiendo en la práctica dos hechos. Por un lado, el retroceso electoral de sus competidores más directos, el Partido Popular y Ciudadanos. Y por otro, el desarrollo de una estrategia de comunicación muy agresiva que está condicionando no solo la agenda de sus competidores sino, también, el conjunto de los debates partidistas. En este sentido, Vox ha logrado incluso en pocas semanas centralizar la visibilidad alternativa frente al gobierno de coalición del PSOE Y Unidas Podemos. Un hecho especialmente relevante ya que marca una tendencia que puede ser consolidada en los próximos meses.

Occidente experimenta una mutación significativa en el marco ideológico de lo que se ha denominado históricamente el espacio del centro-derecha. Lo que al principio parecían casos aislados han ido, sin embargo, propagándose hasta alcanzar un acontecimiento generalizado. La nómina de ejemplos crece cada día y adquiere perfiles y matices muy diversos. Ejemplos todos ellos que están muy relacionados con la proliferación de experiencias populistas, nacionalistas y autoritarias que tienden a converger dentro de un relato partidista que replica, más o menos, una serie de iconos ideológicos que son enhebrados alrededor de un hiperliderazgo personalista que actualiza la secular dinámica del cesarismo autoritario.

Este fenómeno, por tanto, hay que ponerlo en comunicación con una realidad más compleja que trasciende las tensiones intrafronterizas de cada uno de los países occidentales en los que hay un foco activo de extrema derecha con vocación o proyección hegemónica. Hablamos, por tanto, de una crisis sistémica que se relaciona directamente con la viabilidad misma de la democracia liberal y sus instituciones. Una crisis que hay que vincular con la crisis de seguridad posterior al 11-S y a la crisis económica de 2008, factores ambos que hoy en día, a su vez, están conectados con el colapso social de las clases medias; con su pérdida de protagonismo y con su paulatino malestar hacia una democracia que no ha sabido ofrecerles un rol nuevo dentro los paradigmas culturales que surgen con el siglo XXI.

Precisamente la convergencia de todos estos factores y las incertidumbres que actúan sobre las mentalidades de las sociedades democráticas de la mano de la globalización, la emergencia climática y la transición digital, han provocado un tsunami de complejidad que ha conducido a la implosión de una derecha sociológica atemorizada por los cambios culturales de nuestro tiempo. Una derecha que reclama simplicidad argumentativa y decisiones que seguir. Una derecha que reconecta con la lógica premoderna del patriarcalismo del Antiguo Régimen y que Hobbes sistematizó científicamente con su diseño del poder leviatánico y la resignificación del papel del poder con mayúsculas. Esta circunstancia ha liberado en la derecha social una ansiedad agónica de seguridad a cualquier precio. Y asociada a ello una épica de combate ideológica que busca obsesivamente restaurar un orden moral que defina lo que está bien de lo que está mal dentro de una atmósfera de nihilismo estructural que nivela todo y rompe cualquier lógica de jerarquía.

Así las cosas, la crisis de los estabilizadores conceptuales de la derecha tradicional le impulsa en todo Occidente a echarse en brazos de hiperliderazgos autoritarios que cuestionan los mecanismos deliberativos de la democracia y que reclaman un decisionismo político que ponga orden en un contexto social y económico que se percibe como un caos que debe ser combatido mediante una épica posmoderna que minore el peso formal de la legalidad y reduzca la institucionalidad mediante el fortalecimiento del cesarismo.

Avanzado el siglo XXI se ha puesto en cuestión la Modernidad política. La épica homérica ha reverdecido como un ariete que derriba los muros de racionalidad institucionalidad que se levantaron para protegernos de la barbarie después de las guerras mundiales del siglo XX. De ahí que el liberalismo esté en crisis. Lo mismo que la democracia cristiana o el conservadurismo. Lo están porque la moderación y tolerancia de sus relatos programáticos, así como la cultura de pacto y consenso dentro de un marco deliberativo de preferencias racionales orientadas a neutralizar el conflicto social y difundir la prosperidad, han sido impugnadas radicalmente.

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Renfe / Viaja como piensas

Por parafrasear a Marx, un fantasma recorre Europa y todo Occidente. Es una revolución, también, pero, a diferencia de la mítica revolución de 1848, es una revolución de orden y seguridad. Entronca directamente con la que ideológicamente protagonizaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los años 80 del siglo XX y que algunos denominaron la revolución conservadora. Entonces, se libró una guerra cultural y económica que provocó al cabo de una década la caída del Telón de Acero y la derrota de la Unión Soviética. Pero de aquella refundación ideológica que combatió cualquier empeño regulatorio de la economía y la sociedad viene, también, la actual alianza entre el neofascismo y el neoliberalismo económico que amenaza con llevarse por delante no solo el consenso socialdemócrata de después de la Segunda Guerra Mundial sino, incluso, la democracia misma. Una alianza refundadora que se asienta sobre los recursos ideológicos más profundos que yacían en el inconsciente del pensamiento conservador europeo y norteamericano, y que el moderantismo mantuvo contenidos hasta que la crisis económica y financiera de 2008 los ha activado de la mano del malestar de unas clases medias que están dando la espalda a la institucionalidad deliberativa y razonadora de la democracia liberal.

Como se decía más arriba, la crisis de seguridad provocada por el 11-S añadió más fuego y liberó una sentimentalización agónica que justificó la guerra a todos los niveles y, con ella, la generalización de que la política no podía ser acuerdo sino lucha. El «otro» pasó a ser el enemigo schmittiano. Un dato fundamental que, a partir de 2008, y, como consecuencia de la crisis económica, tuvo, también, relevancia social dentro de las propias sociedades democráticas. Para entender el momento autoritario al que se asoma el centro-derecha occidental hay que releer a Carl Schmitt y Leo Strauss. La combinación de ambos explica ideológicamente el fenómeno y ofrece una simplificación muy potente de respuestas a una complejidad que la racionalidad instrumental de la democracia liberal no es capaz en estos momentos de abordar si no se resignifica autocríticamente.

Vivimos en todas las sociedades abiertas un momento autoritario. En España también, aunque todavía afortunadamente solo se insinúa como una posibilidad. La respuesta que desde el centro-derecha se ensaya desde que triunfó el impeachment sobre Mariano Rajoy en junio de 2018, está progresivamente consolidando esta tendencia. La descomposición del espacio electoral que aglutinaba entonces el Partido Popular como partido de gobierno se ha traducido en el inquietante crecimiento de una extrema derecha que avanza posiciones. Esto es consecuencia de la renuncia del Partido Popular a marcar diferencias con respecto a ella y hacer visible un proyecto político que dé respuestas sin incurrir en el marco referencial que Vox está construyendo con gran eficacia mediática.

La derrota interna de la opción centrista y modernizadora que defendía Soraya Sáenz de Santamaría está detrás del triunfo de un relato ideológico simplificador y radical que elude la complejidad y la moderación como estrategia de freno el avance del populismo de Vox. Hablamos, por tanto, de un relato defensivo y reactivo. Un proyecto que gira sobre sí mismo al tratar de retener apoyos conservadores dentro de lo que fue el espacio electoral que proporcionó al Partido Popular las victorias de 2011, 2015 y 2016. Una apuesta estratégica de mínimos que renuncia a las zonas más centradas del electorado para apostar por las más propensas a modificar sus votos en favor de la extrema derecha. En este sentido, el giro a la derecha es cada día más palpable y, con él, el objetivo de impedir el crecimiento de Vox, convertido en el principal enemigo electoral del Partido Popular. Algo que la política de contención por mimetización no está dando resultados, pues, la pérdida de casi la mitad de los votos que cosechó Mariano Rajoy en las elecciones de junio de 2016 parece por el momento irreparable. De hecho, las elecciones del 28 de abril y del 10 de noviembre de 2019 evidencian la paulatina consolidación de un proceso de crecimiento de la extrema derecha que ha contagiado mucho del estilo y los contenidos propositivos tanto del Partido Popular como de Ciudadanos.

Vox ya es la tercera fuerza electoral a nivel nacional y un partido que sustenta el gobierno municipal de Madrid y los gobiernos regionales de Madrid, Castilla y León, Andalucía y Murcia. Esto es consecuencia de una progresiva expansión electoral que le ha llevado a crecer un millón de votos en los siete meses que distan entre abril y noviembre del año pasado. Así ha pasado del 10,26 por 100 de los sufragios al 15,09 por 100. Un crecimiento que se ve acompañado por una extraordinaria capacidad de liderazgo en las redes digitales al proyectar una viralización de sus mensajes muy efectiva.

La normalización de esta fuerza política se está produciendo con los acuerdos de gobierno forjados con ella por el Partido Popular y Ciudadanos. Esta circunstancia favorece su consolidación como proyecto partidista. Y, por tanto, sus opciones, también, de llegar a ser la alternativa decisiva a la coalición de gobierno del PSOE Y Unidas Podemos. A ello contribuye la evitación de confrontar con Vox sus ideas y, sobre todo, la renuncia cotidiana a discutirlas desde propuestas que traten de poner en evidencia el extremismo radical de sus políticas. Especialmente en lo relativo a la criminalización de la migración, la impugnación radical del feminismo y las políticas de protección de la comunidad LGTVI, entre otras propuestas promovidas por Vox que recortan libertades y proyectan ideas discriminatorias que vulneran la dignidad de la persona humana.

El nacionalismo identitario español que promueve como respuesta al que defiende el soberanismo en Euskadi y al independentismo en Cataluña es un giro más hacia el momento autoritario que estamos tratando de analizar. Un nacionalismo español que invoca la suspensión del autonomismo territorial en ambas comunidades; algo que supone enarbolar una bandera que no solo cuestiona la organización territorial del Estado diseñado por la Constitución sino que defiende una visión homogeneizadora de España que se retrotrae al pasado centralista y dictatorial de nuestro Estado.

Precisamente esta tentación autoritaria que se abre paso en el seno de la sociedad española gracias a Vox es la principal amenaza que pesa sobre nuestro país. Una amenaza que puede crecer en sus apoyos si el Partido Popular y Ciudadanos no se dan cuenta de que corren el riesgo de ser fagocitados por un neofascismo que no se oculta y que propaga hábilmente sus ideas en una sociedad dislocada por la crisis y asediada por incertidumbres que minan emocionalmente su resistencia. En fin, un caso de canibalismo político y electoral que puede desembocar en otro más grave aún: el de la canibalización de la institucionalidad liberal que sustenta nuestra democracia y su transformación en una democracia populista.